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PRESENTACIÓN
"Que nadie diga
que ésta es la mejor época
de la vida."
Paul Eluard
Es difícil encontrar a un joven poeta con lenguaje. Me explico: la lógica indica que a los veinte años se ofrezcan textos que en buena medida aún están en construcción, no sólo en su pensamiento esencial sino especialmente en su expresión escrita. Esto no tiene mucho que ver con la calidad que se anuncia en un poeta, sino con la madurez de su proceso.
Sospecho entonces que el primer gesto de su madurez es no haber tenido miedo de ese camino y penetrar en sus sombras con la decisión de recorrerlo hasta ver el sol, justo lo que Luis declara como propósito: entrar al universo secreto de mi alma.
Ello no quiere decir que haya perfección en el libro de Luis Fernando. Cuando hablo de lenguaje me refiero a las frases bien elegidas y sobre todo, al trabajo con la metáfora. Porque, y eso es lo inusitado en este poeta, no hay en todo el cuaderno una sola metáfora fallida, un rasgo excesivo, trillado, manoseado. Él maneja sus metáforas con una gran originalidad y equilibrio, y presiento en ello algunas importantes lecturas pero, por encima de esto, algo que es imprescindible al escritor y en especial al poeta: la intuición. Intuición que se convierte en sobriedad. La metáfora está donde es solicitada, el poeta no la prodiga, pero tampoco la escatima. Eso es el equilibrio.
Todo esto mientras se admite que sobra un verso, aunque en ningún caso hallaremos que ese inesperado visitante está mal construido. Luego entonces, la metáfora, en el aspecto formal, es la verdadera protagonista del conjunto poético, en el cual los mejores ejemplos son aquellos que huyen de ese debate entre el impulso hacia la rima y el empuje del verso libre, algo que el poeta deberá decidir a futuro.
Cuando el verso libre triunfa, respira con extensión y deja fluir la frase poética, para que toquemos la profunda emoción, auténtica, que late en las palabras. Entonces, ellas fluyen por un cauce que no deja lugar a huecos ni banalidades, encontramos un verdadero tema en cada pieza poética, y tanto el lobo como el tigre aparecen en su terreno para expresar un canto a lo natural, más cerca de lo humano que los propios humanos.
Porque en la poesía de Luis Fernando, nosotros somos los protagonistas del caos. Somos quienes aún no entendemos la vida y la muerte, aquellos que destruimos nuestra propia estirpe. El poeta describe su angustia e impotencia ante la muerte, con extraordinaria belleza: cien látigos azotan mi noche. Y no creo que nadie lo habría hecho mejor.
Un joven a quien le importa el pasado tiene en sus manos un extenso caudal temático. Luis Fernando hurga en sus propias emociones y en la naturaleza de ellas, y ese es otro gran caudal. Mira a la naturaleza y se conmueve e identifica con sus instintos primarios, lo cual habla de una vocación por la memoria del origen y el rescate de lo que una vez fuimos como especie, lo mejor de la horda.
Por todo ello, es que identifico a Luis Fernando como un poeta de mano firme, profundo y sensible, que sabrá extraer de esta época de su vida el necesario nutriente de su poesía. Y como es sabido, la poesía es también alivio.
Minerva Salado
Ciudad de México, diciembre de 2005
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